Festival Territorios 2014: Part two.

Día 1, Viernes 23 de Mayo:

Con media hora de retraso llegó el arranque con los raperos de Agorazein ocupando el Escenario Territorios. La entrada ambiental y el vocoder que pusieron en marcha los responsables de los platos servían de plataforma para unos MCs jóvenes hasta el insulto. Se les veía sueltos frente a un público tan imberbe o más que los propios artistas, no obstante, la elección de unos ritmos lentos, y sin apenas adornos, daban la sensación de que faltaba energía, por mucho despliegue de graves que saliera de la PA. De hecho, cuando volvimos de probar un poco de la siguiente banda, los Agorazein seguían ofreciendo lo que sonaba a un hip-hop a medio gas. La chavalería que iba rellenando la explanada sin muchos achuchones daba la impresión de disfrutar.

El siguiente grupo empezó a sonar en el Escenario Cadena SER, eran los maños The Faith Keepers, ofrecían lo que, desde mi punto de vista, se parece más a un arranque de festival: funk enérgico subrayado por dos guitarras, un bajo, una batería, una pequeña sección de viento y un cantante – Borja Téllez – con dejes a lo James Brown en su convincente inglés. Aunque su aspecto físico era un cruce entre Mick Jagger y Roger Daltrey, de hecho, no tardó en descamisarse para ofrecer una buena ración de posturitas. Más allá de este despliegue físico, el grupo sonaba cohesionado, antes de dejarlos pude escuchar un par de solos de saxofón repartidos por Eduardo Pons que me supieron a canela fina.

Conviene aclarar, no obstante, que algo pasó durante buena parte del festival en el escenario de la SER, quizás porque allí se concentraron la mayoría de las propuestas más arriesgadas, los que se acercaban a esta sección del Territorios lo hacían con más curiosidad que otra cosa. La principal consecuencia de esto fue que la gente no se apostaba en la barrera, prefiriendo examinar a los grupos desde una cierta distancia, vaso en mano y asintiendo al ritmo de la música en modo “mmm, son buenos, sí, me gustan”.

Ya en el escenario Cruzcampo dimos con Chocolata. Dos palmeros, contrabajo, percusión, guitarra española y la voz de Carmela “La Chocolata” servían un flamenco fusión que no acababa de enganchar a los desperdigados tempraneros de esta sección del césped, quizás más preocupados con ocupar buenas posiciones en la hierba para el posterior Loquillo o de hablar entre ellos que de prestar mucha atención a las evoluciones de la banda. La cosa se empezó a animar cuando la vocalista nos anunció que “era muy coplera”, anunciando que el siguiente tema iba a ser, efectivamente, una copla. Para ser sincero, se acercaron más a unos dejes de jazz, pero sonaba indudablemente bien, para nuestra pena, tuvimos que desplazarnos justo cuando se anunció la colaboración sobre las tablas de Pájaro, que también ha dejado la impronta de su guitarra en la nueva grabaciónd de Chocolata. Habrá que escucharlo – cuando salga – para comprobar cómo funciona esa mezcla de talentos.

Cambio radical en nuestra siguiente parada en el Escenario Territorios, con la británica Anna Calvi al frente de una banda cuyos primeros golpes de batería ya anunciaban una contundencia espectacular. Para definir a Anna Calvi tengo que recurrir al vocabulario cinéfilo: se suele llamar sleeper (algo que podemos traducir como “durmiente”) al éxito inesperado en taquilla de algún film en el que nadie ha depositado mucha fe. Bien, Calvi fue, sin lugar a dudas, el sleeper de esta edición del festival, el plato para los connoisseur de la música, como una amiga mía que adquirió su entrada con la idea expresa de ver tocar a esta mujer. Con una voz que refería a Debbie Harry o a Chrissie Hynde, pero con algunos toques excéntricos a la guitarra dignos de unos Pink Floyd comandados por Syd Barret, Calvi congregó rápidamente a una interesante (e interesada) multitud. A mi, particularmente, me ganó cuando su micro dejó de funcionar durante un tema y, sin despeinarse, se lanzó a una jam con su grupo, utilizando el celebérrimo “Misirlou” popularizado por la banda sonora de “Pulp Fiction” ¡Justo cuando Tarantino celebraba los 20 años del film en Cannes! Éso son tablas. Las mismas que tuvo el técnico al que le tocó cambiar toda la línea del micro de voz, puede que los escasos minutos de improvisaciones se le hicieran semanas sobre el escenario – créanme, conozco la sensación -, pero todo pudo solucionarse de una forma razonablemente rápida. En todo caso, los acompañantes de Calvi también demostraron una versatilidad digna de alabanza en el departamento instrumental ¿Era eso un armonio? ¿Y eso un vibráfono???

Estuve cerca de tragarme todo el set, lo cual motivó que sólo llegara a las tres últimos temas de José Domingo. Cuando leí la descripción de su música – “tradición mediterránea y psicodelia anglosajona” -, me dije lo tengo que escuchar. Efectivamente, cuando llegué al escenario Cadena Ser, el músico y sus acompañantes estaban sumidos en el tema “Un caballo solo”, con un quejío sonando sobre una base de guitarras potentes, exprimiendo acordes llenos de efectismo. El respetable continuó con la rutina que he descrito anteriormente. Con los siguientes ofrecimientos “Lunar” y “Perfumado”, más bailables y accesibles, los ánimos se caldeaban en progresión ascendente. Si la idea fue pasar de los experimentos a la fiesta, misión cumplida, entonces.

Y llegamos a uno de los disputados cabeza de cartel: Loquillo. Sobre lo disputado del cartel en general de esta edición profundizaré en la sección “conclusiones” del reportaje.

Tengo que aclarar una cosa: para mí, “El Loco” interesante empieza con “La vida por delante” (1994), cuando comienza a colaborar estrechamente con Gabriel Sopeña y pone en su voz poemas de Lorca y Octavio Paz. De hecho,  gasté mi VHS grabado de la emisión en TVE del concierto-presentación de aquel disco, bolo que ahora es mucho más fácil de encontrar gracias a la magia de Youtube o la edición especial del álbum, si es que ustedes son de los que siguen, como yo, gastándose el dinero en música en formato físico.

Por supuesto, me imagino que buena parte de la cantidad de gente que por poco logran cubrir la distancia entre el escenario y la barra del fondo, tenían otras intenciones, como por ejemplo disfrutar de los hits ochenteros de José María Sanz. No fue un show nostálgico, pero encontró el equilibrio entre sus temas conocidos más recientes y algunas sorpresas del baúl de los recuerdos. Ahora bien, también me recordó que a estas alturas de la película, es muy poco probable que este hombre vuelva a sorprender con un giro en su carrera. Después de todo, traía “a cuestas” su reciente disco en directo grabado en Granada, con su registro vocal bronco al que nunca le oirás sacarle un falsete. En otras palabras, historias de hombres duros, feos, fuertes y formales que van de negro. Si te gusta – y a mí, durante un rato me gustó mucho, pero quería ver qué se cocía en los demás escenarios -, pues bien, y si no, nena, ya sabes dónde está la puerta. Total, no hables de futuro porque hubo un tiempo en el que fuimos los mejores, y ya que estamos, les voy a dedicar mi canción sobre un Cadillac solitario a mis paisanos de Love of Lesbian, que tocan después.

Para cuando volví al escenario de la Cadena SER, Shannon and the clams se encontraban finiquitando su repertorio festivalero. Una pena, ya que lo poco que pillé de su mezcla entre power pop y garage, sonaba, ante todo, muy divertido. La gente pareció responder a su llamada al baile, aunque el hechizo del distanciamiento seguía – si bien, con menos efectividad -, surtiendo efecto sobre los asistentes.

Antes de llegar a ellos, había oído un poco de la intro triunfal de “La” Mala Rodriguez, pero fue al atravesar el arco del monasterio de la Cartuja – camino de ver los últimos estertores del Loco -, cuando pude detenerme un poco con ella. Con La Mala tengo una leyenda personal – parafraseando a Paulo Coelho, sí amigos, este es el nivel -, según la cual, con la jerezana te puede tocar un bolo de “Diva cercana y simpática” o de “Diva sois basura”. Lamentablemente, lo primero que le escuché fue un verso de “La niña” francamente desafinado – sí, en el hip-hop se puede desafinar -, pero no tardó en recomponerse, entregando a un público (que también llenaba aquella sección del recinto) un “Tengo un trato” descarado y desafiante. No tengo motivos para pensar que el resto de su actuación no siguiera unos cauces tan prometedores. Así que esta vez, Diva guachi.

El cansancio provoca que la crónica del sábado se cierre con una trilogía catalana: Loquillo, Manel y Love of Lesbian. Con Guillem Gisbert al frente, els Manel lograron atraer al público del Escenario Cadena Ser a la barrera, consiguiendo una atención y unas miradas apasionadas inéditas hasta entonces en este sección del festival. Por algún extraño motivo, el folk melancólico del grupo me hace pensar más en las imágenes lluviosas de una Galicia o una Asturias invernal que en Cataluña. Quizás ahí resida el truco de la formación, de igual modo que Sau y Sopa de Cabra rompieron la barrera idiomática con lo singular de su propuesta, Manel convence por lo elaborado de sus composiciones. Gisbert no tuvo problemas en traducir al castellano los títulos de sus canciones, y se mostró algo nervioso a la hora de dirigirse al respetable. Lástima que tuviera ganas de no perderme a Love of Lesbian y lástima que una persona – que me preguntó sobre la programación antes de comenzar el concierto de Manel -, me contestara que no quería “Pan tumaca”, en fin…

Reconozco que hubo algo de presión social con Love of Lesbian, buena parte de la gente con la que estaba querían ver al grupo, pero mi principal motivo para asistir a su concierto fue el recital en formato acústico ofrecido al año anterior dentro del ciclo Nocturama, también en la Isla de la Cartuja. Con tan solo un par de guitarras y un piano, los temas de los catalanes me llegaron y defendieron una gran colección de canciones. Por supuesto, con todos los avíos a mano – cuatro pantallas, la banda al completo – y con un público de festival la cosa no podía ser más diferente.

Los de Santi Balmes desplegaron simpatía, estribillos que invitaban a cantar, ocurrencias que hicieron reír al respetable y suficiente electricidad en su actuación como para dar luz a un pueblo pequeño durante varios días.

Pero para mí aquello no acaba de funcionar. Sí, yo también me divertí de lo lindo cuando el guitarrista apareció disfrazado de He-man, o cuando a Joan Ramon Planell (bajo) lo dejaron en calzoncillos, o cuando Jordi Roig hizo crowdsurfing hasta llegar a la mesa de PA y logró hacer el camino de vuelta al escenario. Me parece genial que Santi tenga una guitarra cuyo cuerpo sea una vetusta Playstation de primera generación, me hacen gracia las referencias a Miguel Bosé, pero llega un punto en el que uno no sabe si con estos modos de ser la banda definitiva de “Yo también fui a la EGB”, la banda se ríen de ellos mismos, del público o de todo en general.

Y eso que las parodicas animaciones que se podían ver en las pantallas durante “Mal español” – además de los esperables Rajoy y Zapatero hacían acto de presencia Felipe Gonzalez y Franco – daban muestra de una ironía que ya para sí quisieran los grupos más revindicativos que iban a llenar Territorios al día siguiente. Puede que fuera el cansancio o que no sé si Love of Lesbian están más cercanos a Hombres G que a Vetusta Morla. Probablemente sean la perfecta amalgama de ambos y por eso funcionan. Pero ahora sé lo que sintieron los asistentes al concierto de U2 en el Estadio Olímpico (2010) y dejaron el lugar con una sensación de haber visto un gran espectáculo pero sin tener muy claro si también había sido un gran concierto.

Con muchas ganas de darle una paliza al colchón, inicié el camino de vuelta a casa, dejando la electrónica y las otras manifestaciones musicales que pudieran quedar para jornada a los más pacientes o a los que estaban más frescos.

Part one.
Part three.
Part four.

Autor: Francisco Roldán

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