Festival Territorios: Part three.

Día 2, Sábado 24 de Mayo.

“Quedamos en un bar para ver la Champions y entramos después para ver a los Lori”. Este mensaje – o variaciones en los que “bar” se transformaba en “casa” – lo pude ver repetido más de una y más de dos veces en los muros de amigos en Facebook. Me hacía presagiar una temible asistencia a las primeras horas de la segunda jornada.

Afortunadamente, hubo suficientes aficionados a la música que no se jugaban nada en el duelo fraticida y prefirieron aprovechar sus abonos o entradas. Sin apenas retraso, el rap volvió a ser el primer sonido de la tarde-noche, en esta ocasión una entrada mucho más contundente de la mano de Natos y Waor. De nuevo, público joven, pero esta vez mucho más pendiente y entregado con los artistas que el día anterior, a mí me sorprendió sobre todo las muy melódicas bases que servían de vehículo para los versos. Uno de los raperos decidió que era buena idea lanzar uno de sus CDs – con la caja, al menos – al público como un gesto de buena fe. Un fan lo cogió casi al vuelo.

En el escenario Cadena SER se plantaron The Heredians, y se repitió la misma historia del viernes: público desperdigado, no muy abundante, apreciativo pero tampoco con muestras de estar muy emocionado. Puede que esto sí que fuera culpa del fútbol, ya que la propuesta de los sevillanos que comanda Álvaro Heredia no estaba nada mal: Blues-Rock de raigambre sureña (del sur estadounidense, quiero decir) que recordaba a unos primeros M-Clan.

En mis notas tengo apuntado que, para cuando el guitarrista y cantante sentenció “un Heredia siempre paga sus deudas”, – de hecho, le dedicó la siguiente canción a un alumno suyo –  se fue sumando más personal, con lo que espero que acabaran con una buena porción de asistentes disfrutando de su propuesta.

El escenario de los cabezas de cartel fue la plataforma para el reggae de Rockers Roots, empezaron con un instrumental muy efectivo, y tras la llegada del cantante, aquello tomó una forma de fiesta relajada. Curiosamente, este sería el tono de buena parte del día. Tanto es así que Swan Fyahbwoy, desde su posición en el Escenario Territorios, no tuvo problemas en defender su dancehall – a fin de cuentas, una ramificación del reggae -, sirviéndose de un sonido cristalino frente a una multitud que coreaba unas letras que conseguían sonar indudablemente cercanas.

De vuelta al Escenario Cadena SER, era el turno de Dry Martina, tan elegantes y limpios como cabría esperar, si bien la cantante señaló en un momento dado que “se escucha mejor al otro escenario (por Swan Fyahbwoy) que a nosotros”. En su descargo hay que decir que fue en un momento entre canciones, y que no llego a afectar a una actuación carismática, repleta de sonidos perfectos para un anochecer con suaves brisas, que es justamente lo que estaba sucendiendo. Los Dry Martina no son Pink Martini pero tampoco les falta mucho: un charleston aquí, un mambo allá, ambiente de music hall, una pizca de – una vez más – reggae y letras con las que uno se puede identificar como “la distancia no mata pero pervierte”. El público de este escenario respondía bailando, pero la descarga importante para esta zona del festival vendría después.

El Real Madrid estaba destrozando los sueños del Atleti durante la prórroga cuando empezaron a animarse los círculos concentricos que servían como fondo del escenario de Lori Meyers. Puede que, en realidad, la propuesta más alternativa de los creadores de “Impronta” (2013) fuese la responsable de que la actuación no registrara el lleno de la noche anterior – o el de la banda que vendría después-, lo cierto es que el sonido no se asentó hasta la segunda canción, la banda sonaba bien al principio, pero el volumen no era contundente. Para cuando encararonDe Superhéroes” ya sonaban como el gran grupo que son.

De vuelta al escenario Cadena SER, el momento que muchos habían esperado, Reincidentes. Atrajeron a un público intergeneracional dispuesto a pegar botes con una de las bandas referentes de la escena sevillana, y el quinteto no defraudó, dieron excusas para botar – y probablemente votar al día siguiente -, mientras todos coreaban sus textos, la mayoría comprometidos con las diversas causas políticas y sociales que Reincidentes han defendido durante toda su existencia.

Hubo un absurdo – a falta de una palabra mejor – incidente cuando el grupo empezó a tocar “Vicio”. Desde donde yo estaba solo pude ver que el grupo paraba la ejecución del tema de modo abrupto y el guitarrista (Juan Rodriguez Barea si no me equivoco) pareció encararse de forma muy violenta con alguien que estaba al borde del escenario. Al poco se subieron dos chicas al escenario y se pusieron a bailar mientras el grupo interpretaba, ahora sí, “Vicio” sin problemas.

Pregunté a cuatro personas que estaban en una posición optima para haber visto el suceso: un agente de seguridad, a uno de los responsables de la asistencia médica y a dos personas de la primera fila. Los dos trabajadores afirmaron no saber qué había ocurrido, algo que podemos interpretar de dos formas: “realmente no he podido ver nada a pesar de que estaba en un punto especialmente ventajoso para hacerte una descripción pormenorizada de toda la concatenación de hechos” o “sé muy bien lo que ha pasado, pero no tengo la menor intención de explicárselo a nadie y menos a ti que no te conozco de nada y lo mismo después lo explicas como te dé la gana en las redes sociales”. Mmm… así que esto es lo que se siente al manipular la verdad en los medios…

Bien, lo que extraje de los asistentes es tan triste y lamentable como, a lo mejor, se podía esperar: un chico que estaba izando la bandera de Andalucía (modificada en modo revolucionario) durante el tema previo a “Vicio” se saltó la valla, con la intención de unirse a Reincidentes sobre el escenario. Orgullosamente, lo logró, el problema vino porque dos chicas quisieron repetir la jugada (sin bandera) y, por lo visto, fueron repelidas de un modo más exagerado de lo que hubiera sido deseable por los responsables de seguridad, provocando la ira del guitarra de Reincidentes. Al final, ellas pudieron pegar botes cerca de los músicos y uno hubiera preferido que se tratara de un truco escénico a lo Bruce Springsteen ¿Estaba el guitarrista de malas y estaba dispuesto a pagarlo con el primero que viera o de verdad el trabajador bloqueó el paso de las chicas con excesiva severidad? En todo caso, ojalá todos nuestros conflictos en un festival se solucionasen con la misma celeridad y acabasen con la misma cara de alegría como la de las afectadas.

Volví al escenario Territorios con la idea de ver un buen trozo de la Jon Spencer Blues Explosion, los cuales decidieron empezar con una fastuosa… prueba de sonido. No sé si fue una cuestión de la propia banda o del festival, lo cierto es que cuando me percaté de que estaban testeando el funcionamiento del Theremin, creí mejor poner pies en polvorosa.

Lo cierto es que yo tenía ganas de ver un poco más de Lori Meyers. Todo el mundo sabe (o debería saber) que el mejor punto para escuchar un concierto es justo delante de la mesa de PA, aunque algunos crean que, en realidad, es el mejor sitio para ponerse a charlar sobre cualquier cosa (no tiene por qué ser ni siquiera de música), durante un set. Posicionarme en ese dulce lugar me pareció un tanto impracticable, así que me quedé detrás de la misma. En cualquier caso, los Meyers estaban sonando de fábula y no me extrañó cuando el público llegó a tiempo para cantar la línea “las ganas que tengo de follarte” (de “Emborracharme”). Ahh… malandrines….

Como bien me informó nuestra fotógrafa, al poco de yo marcharme, Spencer y los suyos habían arrancado a tocar de forma más seria. Personalmente, creo que fueron de lo mejorcito del festival, con una batería que sufrió un poco con el proceso de sonorización – uno de los técnicos tuvo que ajustar uno de los aéreos mientras tocaban -, y dos guitarras, el trío mostraba a un grupo orgánico. Al igual que con la banda de Calvi, no daba la impresión de estar viendo un espectáculo cuya coreografía estaba perfectamente delineada. Con las luces en unos estáticos rojo y azul, todo el peso recayó en la capacidad de responder con un guitarreo o con un redoble aún más crudo que el que el lider de la formación había lanzado antes. Mi único “pero” es que el bueno de Jon decidiera repetir muchas veces el nombre del combo, no fuera ser que se nos olvidara a quién estábamos viendo. Ah, y llenaron su sección poco a poco, sin prisa pero sin pausa.

Los argentinos de Él mató a un policía motorizado sufrieron la sangrante diáspora de los fans de Reincidentes, luego de terminar su bolo, que no se querían perder a Ska-p. Aún así, se vieron rodeados de un público fiel, atento y que se sabía las canciones. La banda cuenta con un cantante destacado, intenso, que es capaz de mandar su mensaje sobre el muro de guitarras que comanda el sonido. La cuestión es que, en lo referente a las letras, parece que entran en la categoría de “voy a repetir esta línea con diversos grados de  energía hasta que se os quede grabada en la cabeza”.

Como en la Feria de Abril (Mayo), uno se encuentra con todo el mundo en las explanadas de Territorios, con la salvedad de que, al no haber casetas privadas, la gente circula sin problemas, y al no haber tampoco casetas de distrito, no hay un punto en el que la gente se vea avocada a una pelea de bar. Digo esto porque casi sin querer nos encontramos con unos amigos mientras emprendíamos la marcha para ver a Ska-p. Una amiga de una amiga – fenómeno conocido como “amiga consorte” -, nos contó que dicha banda le recordaba a las verbenas del pueblo. Y eso fue lo que el grupo ofreció, una verbena repleta de éxitos.

Un pequeño parón explicativo: me gustan algunas canciones de Reincidentes y casi ninguna de Ska-p. Antes de que nadie se me lance al cuello aduciendo una causa política, uno de mis cantantes favoritos es Robert Wyatt, y si no saben quién es, búsquenlo en ese invento que sirve para discutir con desconocidos o buscar fotos de gatetes llamado Google.

Más allá de lo limitado de su paleta sonora, la carrera de las dos formaciones me parece la mar de respetable y ambas funcionan sobre el escenario con una profesionalidad que ya quisieran tener muchas bandas. Fernando Madina (bajo y voz), a quien pude entrevistar hace tiempo, me cae bien como músico y como persona, aunque algunos momentos del último documental sobre Reincidentes me parecen de una manipulación histórica a la altura de los más recalcitrantes locutores de Intereconomía y 13 TV sumados.

Mi problema no es tanto con estos grupos sino con parte de su audiencia: niños de clase media (de padres funcionarios, generalmente) que si no fuera porque uno de los álbumes de Ska-p se llamaba “El vals del obrero”, la palabra “obrero” nunca se hubiera cruzado con su boca. Si un poco del mensaje de bandas como ésta llega a calar en dicho público, genial, pero me temo que la cosa quedará como buena parte de aquellos que en su día gritaban con Def Con Dos y Extremoduro: en abogados y banqueros que dejan sus reivindicaciones para los fines de semana. Cuando tienen un rato en casa. Con los cascos puestos.

Pero tengo muy claro que el problema lo tengo yo. A merced de la cantidad de gente que estuvo pegando botes y coreando tanto a Reincidentes como a Ska-p, la gente se lo pasó bien, muy bien, genial de hecho, a tenor de los comentarios. Los autores de “Legalización”? Consiguieron llenar el aforo de su zona con una cantidad de gente que los Lori Meyers no lograron reunir en toda su actuación. Mi mayor misterio con Ska-p es cómo es posible que logren sonorizar su sección de vientos de forma que suene como el más barato e infecto Casiotone ¡Teniendo a un teclísta sobre el escenario! ¿Será que en realidad no tocan y que el de los sintetizadores dispara sofisticados samplers? ¿El colmo de la filosofía punk? ¿Por qué Def Con Dos y Ska-p volvieron a juntarse a lo Dinosaurios del Rock cuando en su día decidieron firmar la separación porque “ya habían dicho todo lo que tenían que decir”?

Tonterías aparte, como me aburría un poco, me desplacé más solo que la una al escenario Territorios para ver a Nach. No sin antes desear que un responsable de seguridad hubiese sido contundente con el gilipollas que insistía en provocar una llama a base de poner un mechero en la boquilla de un spray. Ya se sabe que uno sólo se acuerda bien de los agentes de seguridad ciudadana cuando se le ponen las cosas feas. Cuando llegó la hora señalada de Nach, el DJ empezó a pinchar música bailonga. Yo me supuse que lo mismo estaba haciendo tiempo para que terminara el tramo de Ska-p y tener toda la atención del público. Qué iluso, 15 minutos de reloj hasta que el volumen subió para la entrada épica que anunció la llegada de Ignacio Fornés Olmo.

Lo épico de sus bases se corresponde con la seriedad y el compromiso de sus letras. Comparado con los ritmos buenrollistas que habíamos escuchado durante las primeras horas de la jornada, la triada de músicos con un mensaje de calado en sus textos era un buen contraste. Si acaso, un poco excesivo, escuchando a Nach, viendo la gran cantidad de admiradores que tiene y lo en serio que se toman sus consignas, es fácil imaginar por qué gente como Kanye West están tan endiosados en su país (o en buena parte del globo). Ahora bien, para mí, el bolo de Nach fue, de lejos, el mejor del estilo.

Y llegamos al momento que yo más deseaba y temía – al mismo tiempo – de esta edición del festival, “Recordando a Triana”. Desde que, en la rueda de prensa, se enunciaron los nombres que formaban parte del disco tributo a la legendaria formación de Rock Progresivo (cualquiera que me quiera discutir si pertenecen a dicho género, por favor, que mire la cantidad de veces que se nombra a King Crimson en todas sus biografías) andaluz, un cierto resquemor empezó a recorrerme.

Curiosidades de la vida, sin saber que Jota de Los Planetas iba a ser el primer invitado en subirse a las tablas, empecé a bromear con el grupito en el que me hallaba con que lo mismo al granadino se le iba la cabeza y se ponía a cantar “Qué puedo hacer”, porque con su forma de entonar, tampoco se notaría mucho la diferencia.

… Y Jota cantó. Bien, con este hombre pasa lo mismo que le ocurría a Lou Reed durante toda su carrera, que lo que hace, mucha gente no lo considera “cantar”. Yo tengo muy claro que el fuerte de Los Planetas son más las composiciones y la producción que los directos, camino en el que son más irregulares que La Mala, sobre todo en lo referente a su líder. Las redes sociales se cebaron con Jota, que si “iba con una tajá como un mulo” o que si se había tomado a chirigota su participación en el tributo.

En lo primero no voy a entrar porque más de una vez he creído que algún músico va muy pasado de vueltas en alguna actuación o entrevista y lo que pasa es que hablan o actúan así normalmente – Joe Walsh sería un buen ejemplo -, y al revés, gente que daba la impresión de una templanza pétrea resulta que andaban muy cerca del coma etílico o cosas peores. En lo segundo, tengo que recordar que coincidí con Jota en un concierto de Van der Graaf Generator en Málaga – “coincidir” significa que yo fui y él estaba entre el público -, ya sé que no es lo mismo a verle entre el público de un bolo de Marillion o The Enid, pero con esto quiero decir que el progresivo no le resulta ajeno, sea andaluz o no.

La cosa es que su aportación o su posterior dueto con Anni B Sweet parecían fuera de lugar. Me puedo imaginar una interpretación intimista o claustrofóbica del cancionero de Triana, pero no en un festival a las tres y pico de la madrugada. Para echar más sal a la herida, eran las primeras actuaciones, con lo que a la hora de dar el tono de la velada, fue más bien lúgubre. Los artífices instrumentales del tributo (Maga-Lori-Grupo Expertos SolyNieve) estaban geniales, yo de verdad que me emocioné al contemplar a Antonio Lomas transformado, no solo en un más que eficiente emulo de Tele, sino de Alan White (el de Yes, no el de Oasis) o de un Bill Bruford.

La cuestión de este tributo es que no se trata de radicales reinvenciones de los temas, sino que estos fueron interpretados con bastante fidelidad con respecto a los originales (sobre todo los arreglos y sonidos de sintetizadores), por lo tanto, a la hora de los cantantes, estos podían seguir la ruta del fallecido Jesús de la Rosa, con su deje flamenco, o hacer uso de su propio estilo vocal. Noni (de Lori Meyers), Pájaro, Miguel Rivera o incluso Soleá Morente hicieron un buen trabajo en adaptarse a las melodías vocales que Triana había grabado en su día. Anni B Sweet, Jota, Chinarro y Kiko Veneno optaron por la impronta de su propia forma de cantar, pero sólo el autor de “Échate un cantecito”, salió bien parado del experimento. Quizás porque su manera de cantar resulta ya de por sí, aflamencada y arrastrada o porque, a diferencia de Antonio Luque, no sonaba tan desencajado ni se dedicó a lanzar arengas pos-irónicas sobre Cajasol.

Ni siquiera el apoteósico final de “Abre la puerta” con una genial Argentina cantando ni el sencillo – pero efectivo – montaje visual para la pantalla, ni el sentido discurso de Eduardo Rodriguez Rodway (guitarrista y único superviviente de Triana) al final pudo arreglar la sensación de que este homenaje no había funcionado tan bien como hubiera sido deseable. Mientras me encaminaba a la salida escuché una frase terriblemente envenenada “vámonos antes de que toquen otra”. Esto me parece muy injusto, cierto, hubo altibajos, pero mi balance final es mucho más positivo que negativo.

Part one.
Part two.
Part four.

Autor: Francisco Roldán
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