Atrás, en el foso: Lo nauseabundo de lo cercano (Ed Perlstein)

Texto: Javier Rosa.

Esta vez no voy a plantear técnicos comentarios aburridos sobre lo que hacer o no hacer dentro de un mugriento foso de cualquier no menos mugrienta sala de conciertos. Esta vez vengo a hablar del olor.
Ese olor mezcla a sudor, humo y a madera bañada en miles de pequeñas gotas de alcohol y que sólo percibes cuando estás lo suficientemente cerca de tu ‘presa’. El sudor es lo de menos. Es la mezcla de todos esos elementos la que hace que -por arte de magia- tu apetito por captar la quintaesencia de lo que sucede unos centímetros más arriba sobre el escenario, se vuelva descomunal.

Y es esto mismo lo que debió sentir Ed Perlstein cuando tuvo a Iggy justo a pocos centímetros de su objetivo durante la actuación que ofreció en ‘Old Waldorf Club’ de San Francisco el 12 de noviembre de 1977. Una sensación que sólo asoma cuando se mezclan todos estos elementos y tu cuerpo aporta esa perfecta dosis de adrenalina que hace que tus sentidos cobren una dimensión muy especial.

Y es así. Recuerdo perfectamente a un tipo que, hace algunos años ya, se me acercó y me gritó al oído:

–Muchacho, ten cuidado con tu cámara, que estos chavales están muy locos y te la van a romper. 

Recuerdo que tenía a los mismísimos Fuzztones delante. Lo que en esos momentos menos me preocupaba era si Rudri Protrudi me podía joder alguna óptica. En eso momentos estaba más concentrado en captar un plano de su cara entre la pandereta -que lanzaba hacia arriba insistentemente- que de todos los litros de cerveza, y ostias que me estaban cayendo por parte de la masa de descontrolados que tenía detrás. Se hace duro, pero si la quieres, has de estar ahí, muy cerca de lo que sucede.
Volviendo a la imagen. En este instante en el que el obturador de la cámara del Sr. Perlstein se abrió para la gloria de la historia del rock (y de esta sección), Iggy tenía los ojos del tamaño de dos platillos volantes. Los mismos que probablemente estuviese observando despegar en ese preciso momento. Iggy no conocía otro lenguaje que no fuese el de la demasía y el descontrol. Iggy era un demonio vestido con vaqueros que le había robado la silla al mismísimo Satán y se la puso por collar.

Capturar todo esto no era nada fácil. Saber colocar estos elementos en un encuadre era tarea complicada. Más aún si te llovía cerveza. Pero no hay duda que un foso bajo, ayudado por un plano de cámara a ras de suelo y un acertadísimo golpe de flash, para que su luz se adentre en las pupilas de nuestro personaje y nos descubra su infierno, hace que esta fotografía sea indiscutiblemente magistral. Si bien es cierto que el 100% de esta imagen es obra del fotógrafo, seamos claros, sin Iggy no hubiese sido más que una buena fotografía.

Todos hemos fotografiado a Iggy, todos hemos salido de sus conciertos con más dolor de caderas que el propio Iggy. Lo que está claro es que no todos hemos podido capturar momentos tan únicos como el que Ed Perlstein –con la inestimable colaboración del mago de Michigan- sacó de su Nikon.

Pd: No traten de fotografiar esto mismo con David de María en alguno de sus shows. David será ‘majete’ pero no te bajará a los maravillosos sótanos del mismísimo averno –y mucho menos lo verás con una silla al cuello, ¡qué demonios!

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