Acuérdate de mí cuando pises algún charco

Hay gente que todavía no se cree lo de que Madrid tiene mar. Y es un poco triste porque el agua es la tranquilidad de saber que no hemos podido ahogar en asfalto toda la vida de la ciudad. Todo es ruido, velocidad. Ya nada quema, nada duele. Cada instante ha pasado hace rato y tú ni siquiera te has dado cuenta. Pero a él no le importa. Ricardo Lezón no teme a las mareas. 
Domingo 26. Llueve en Madrid y “hace un día perfecto para escuchar en directo a McEnroe“. Bueno, negar la evidencia sería faltar. Pero, una vez más, todo es cuestión de bajo qué piel uno esté viviendo. Y de tomarse unos minutos para respirar. Eso también. McEnroe es nostalgia y es tristeza y decirlo así no es malo. A ratos parece que esto sea un estigma, casi casi la negación de una patología evidente: “Yo no tengo de eso”. Pero todos tenemos “de eso”. Y si duele sana.
Creo que McEnroe es un grupo pequeño que gusta a un número reducido de personas, pero que a quien le gusta, le gusta mucho” (extraído de la entrevista a Lezón en Mondosonoro). Para escuchar a Ricardo Lezón hay que saber entender(le). Él hablará poco y sonreirá para el cuello de su camisa abierta, pero lo hará con sinceridad. Y cuando alguien se abre así, con la única protección de su guitarra, ante una sala repleta de personas que cambian de rostro cada día… Bueno, eso es cosa de valientes.
Un sonido más consistente, madurado, quizás. Tampoco es que sea especial devota de la idea de “madurar”. Se cambia. Y punto. Eso sí, manteniendo el sello mcenroe: la misma ternura, la calma y el mar. Pero esta vez la naturaleza ruge. Lezón y su equipo vuelven con más “fuerza” (por favor, entiéndase esto desde la parte emocional, que estos señores hacen su ruido sin subir los amplificadores).
Ayer escuchamos por primera vez en directo algunos de los nuevos temas de “Rugen las flores“, la promesa de lo que sonará el 9 de mayo en la sala Ochoymedio de Madrid, con el grupo al completo. 
Ese día pondremos freno al paso rápido y levantaremos Coney Island, Baby sobre la ciudad sin mar.

Foto: Íñigo Soler.
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