¿Alguien se acuerda del mundo cuando no existía la palabra hipster?

He reflexionado muchas veces sobre este concepto en esos momentos muertos de mi existencia. En general, tengo bastante tendencia a reflexionar sobre las cuestiones lingüísticas de nuestro pequeño y estandarizado mundo porque creo que es precisamente el lenguaje el que nos convierte en esa bola globalizada y follower que es nuestra sociedad a día de hoy. Algunos ya se estarán revolviendo en la silla…, sí, lo sé; la economía, las finanzas, los mercados de divisas y los aviones también ayudan. Pero ojo, pensad, ¿seríamos lo que somos actualmente si el inglés no se hubiera convertido en aquello que un día trató de ser el esperanto? El esperanto… curiosa iniciativa; un intento de laboratorio bastante infructuoso de crear una lengua común que se les ocurrió a cuatro intelectuales iluminados, a los que hoy llamaríamos frikis, allá por finales del s.XIX. Evidentemente, los seres humanos somos demasiado perezosos como para que nos obliguen a aprender una lengua que sabemos que nadie habla…, así que tuvo que llegar un idioma ya creado a dominar el mundo e imponer sus reglas. O vemos que nos van a dar por saco porque los vecinos hablan una lengua en la que se comunican con sus otros vecinos o aquí no pone voluntad ni Peter. Ni Peter. ¿Veis?

Pues bien, concretamente la palabra hipster y su concepto puede que sea uno de los fenómenos socio-lingüísticos más importantes y fagocitadores de la postmodernindad (concepto muy hipster por cierto). Para empezar, este término procede de la subcultura musical afroamericana de los años 40 y 50, y se puede decir que “subcultura” es una buena palabra de la que partir, aunque en esta era millenial el término haya adquirido un carácter más amplio.
¿Qué es hipster? Lo alternativo, es decir, lo contrario a lo mainstream (del inglés, establecido, convencional), o lo que es lo mismo, ser demasiado guay como para hacer lo que hacen los demás o para gustarte lo que le gusta a la mayoría. “¿Has visto el partido?” “Ay no, yo es que no veo fútbol, eso es un negocio pensado para adormecer a las masas. Paso.” O bien… “El finde pasado estuvimos en París y nos encantó” “¡Qué guay!. ¿La torre Eiffel impresiona tanto como dicen?” “Pues mira la Torre Eiffel la vimos de lejos. Es que está lleno de turistas y total, ya la ves en las postales. Nos fuimos de birras al Canal Saint-Martin, que mola mucho más.” (Dijo un hipster que no se consideraba a sí mismo un turista).
Y así, como adalid de todo aquello “no típico” y excusa perfecta para sentirse especial, la palabra ha ido engullendo términos y abriéndose paso en todos los frentes culturales que uno se pueda imaginar a golpe de barba y camisa de cuadros, entre otras cosas. Porque a ver, parémonos un momento a reflexionar acerca del terreno musical, uno de los primeros en adoptar nuestra palabra reina. ¿Cuál fue el primer grupo hipster de referencia, en que momento las gentes empezaron a usar tal término para hablar de músicos? Vetusta Morla. De cajón. Poniéndole a sus canciones títulos como Copenhage o Saharabbey Road y cantando sobre temas existenciales. Música un poco de cortarse las venas, habría dicho algún emo a principios del milenio, antes de que los hipsters les quitaran la exclusiva de la melaconlía y el nihilismo y los hicieran desaparecer como tribu urbana. Pero yo me pregunto, ¿y todos los vetustas morlas de turno no son más que música indie? ¿En qué momento lo indie pasó a denominarse hipster? Además, ¿qué tipo de nombre es Vetusta Morla? La tortuga gigante de La Historia Interminable. Claro que sí, campeones. Imposible ser más hipster.
Entremos en el terreno del séptimo arte… De toda la vida cine de autor, o independiente, o gafapasta si me apuras (esto es culpa de Isabel Coixet). Nada de nada, ahora mismo todos estos términos se pueden aunar en “el cine ése que ven los hipsters”. Gracias a ellos ya no se ve cine independiente porque valga la pena verlo, sino porque mola verlo, por postureo (otra palabra que merece un artículo); pero bueno, ¡al menos se ve! Así que los que llevamos tragándonos pelis raras en versión original subtitulada, aunque sean finlandesas o coreanas, desde hace más años de los que podemos confesar les agradecemos muchísimo el apoyo moral. De todo corazón.
Incluso hay comida hipster. Todo lo vegetariano, vegano, crudivegano, crudo o que carezca de consistencia en el plato y esté combinado de las formas y colores más variados; sí, hasta flores se ponen ahora en el plato. Yo lo he visto con mis propios ojos. Que dicho sea de paso, todo esto no está nada mal, porque en general es sano. La cuestión es, ¿por qué? Porque hasta hace diez años no era vegetariano ni el tato, y lo que se llevaba era el buen comer carnívoro acompañado con bravas y cualquier salsa, cuanto más insana mejor. Así que como lo mainstream era comer mucha chicha, los hipsters decidieron que lo cool era empezar a ingerir la mayor cantidad de plantas posibles, dejando a los vegetarianos de corazón desfasados y avergonzados por no haberse convertido aún al crudiveganismo.

Y llegamos así a la cuestión por antonomasia: la ropa y el calzado. ¿Las vans no eran de skaters? ¿Llevar barba talibán no era de ser un guarro y un dejado? Los bigotes se los dejaban nuestros abuelos, los pantalones altos se los ponían nuestras abuelas, las camisas de cuadros los leñadores (y las lesbianas) y las gafas de pasta los nerds. Señores y señoras, abran paso al hipster, porque él lo lleva todo. Se pone ropa vieja, o hecha para parecer que es vieja… Un momento, ¿eso no era vintage? Efectivamente, lo era. Ahora también es hipster. Además son bohemios, y modernos, son todo todito todo. Generan tendencia, pero como quien no quiere la cosa, con cuatro trapos que han pillado por casa. Leen a Tolstoi y la biografía del Che Guevara, escriben solemnemente en bares (el Starbucks) en su Moleskine, hacen fotos, muchas fotos, y son artistas, pero a diferencia de los auténticos bohemios del XIX y el XX, no renuncian a las mieles del apoyo paterno y la cuenta de banco abultada. Tienen Macs, iPhones, Canons (e Instagram) y estudios superiores. Aunque van en bici, ir en coche es muy mainstream y poco green. Y no nos engañemos, también se dejan los cuartos en ropa (y en Vans y New Balance ya ni te cuento), pero disimuladamente, que no son pijos, son hipsters.

 

La inmensa tribu urbana que se arremolina alrededor de este concepto es su mejor estandarte, su mayor ejemplificación. Sin embargo, el popurrí descafeinado y artificial de cultura(s) alternativa(s) que representa esta palabra se ha puesto tan de moda que ser hipster ha acabado por convertirse en mainstream, cerrando un círculo de contradictoria perfección en que, ya sea por un lado o por otro, entramos todos. Ah, la paradoja.
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