James Rhodes, música sin artificios

2015 llegaba a su fin cuando la editorial Blackie Books editaba en España Instrumental: Memorias de medicina, música y locura, en ese momento James Rhodes pasaba de ser un inmenso desconocido para la gran mayoría de los millennials de este país a convertirse en un icono. Pero no en un icono cualquiera, en un icono pop que aúna muchas caras en una sola.

Rhodes es una estrella que llena auditorios, que cuelga el cartel de “no hay billetes” con igual facilidad con la que lo hacen sus vecinos The Rolling Stones, todo ello en zapatillas y despeinado mientras buena parte de su auditorio viste de traje. James Rhodes es un genio de la música con una oscura sombra que le acompaña y que consigue dotarlo de un misticismo único al alcance de muy pocas personas. Tú, que ahora estás leyendo este articulo posiblemente hayas tenido Instrumental entre tus manos y te hayas planteado mil veces como será en realidad James Rhodes, como será sentarse en un teatro ante él y si en persona es capaz de transmitir lo mismo que ha hecho en una autobiografía. Esto no es la crónica de un concierto: es la respuesta a tus preguntas.

El pasado sábado fuimos invitados al Theatro Circo de Braga para asistir al concierto de Rhodes dentro del ciclo Respira! (O Piano como Pulmão), un ciclo de piano que no solo se está convirtiendo en un referente en el país vecino sino también en Europa, y es que además de la presencia de James Rhodes cuenta con nombres como Grandbrothers, un dúo portugués que fusiona jazz y electrónica y que hemos podido encontrar acompañando a Bonobo, o MURCOF x Wagner quienes elaboran sonidos de carácter electrónico pero teniendo como base composiciones clásicas de piano.

Acceder al Theatro Circo siempre en es un placer, con más de cien años de antigüedad aunque restaurado a principios de siglo cuenta con una capacidad para unos 1500 espectadores y durante todo el año programa una diversidad de espectáculos maravillosa. En Hipsterian Circus hemos podido disfrutar del paso de Wilco, de Myles Sanko o del mismo James Rhodes, tres artistas que dan buena muestra de la diversidad de estilos que nos ofrece la programación musical del Circo. El sábado mientras ocupábamos sus butacas nuestra vista se centraba en el inmenso piano de cola negro que reinaba bajo la luz de dos focos. Piano que minutos después pertenecería a Rhodes.

A las 21.30 horas ataviado con unas zapatillas, unos jeans y una sudadera en la que podíamos leer Chopin irrumpía en el escenario para interpretar un conjunto de piezas clásicas agrupadas bajo en nombre de Fire on All Sides Tour en las que encontramos composiciones de Bach, Chopin o Rachmaninov. Sin mediar palabra, sin presentarse, tan solo dejando sus gafas a un lado, James Rhodes se sentó ante el piano e interpretó la ‘Partita núm. 1 en si bemol Mayor‘. No, mi bagaje musical no es tan amplio para conocer el nombre de estas composiciones pero sucede que entre piezas Rhodes se quita esa vitola de genio de la música, abandona su piano y se acerca al público para explicar qué acaba de tocar y qué sentimientos buscaba el autor cuando la escribía. Opina y nos pregunta, Rhodes no apostoliza, comparte porque como él bien dijo la intención del concierto era disfrutar de la música y sentir al piano.

Desde la teórica tristeza de Bach, y escribimos teórica porque Rhodes no encuentra tristeza en la Partita Nº1, asistimos a la acometida de ‘Romance para Concierto de Piano Nº 1‘, una pieza para orquesta que el sábado se convirtió en un maravilloso e íntimo solo de piano. Posteriormente pasamos a las cartas de amor que Chopin escribía desde Mallorca a su amada Georges Sand. En ese momento, no sé porqué ni cómo, la electricidad que recorría el teatro era imparable hasta romper en una ovación, la primera de la noche, cuando el británico dejaba caer sus brazos.

Con Rachmaninov llegaba la conclusión de un concierto en el que Rhodes nos insufló su amor por la música clásica. Escogió un tema ‘Preludios Op. 3, Núm. 2‘ que muestra como un intérprete puede acariciar las teclas del piano o mostrar su enfado aporreandolo. Lo unió con ‘Preludios, Op. 32, Núm. 13‘ mostrando así las dos caras del compositor, la alegría y el enfado. Así, entre aplausos Rhodes abandonaba en escenario con esa mirada tímida clavada en el suelo.

Aclamado por el público James Rhodes regresó al escenario, para interpretar dos bises fuera del programa. Porque los programas establecidos están para eso, para romperlos y para ser una guía, no una obligación.

James Rhodes ha democratizado la música clásica. No solo la ha liberado del elitismo que la ha perseguido durante años sino también la ha mostrado a una generación que nos habíamos olvidado de ella obnubilados por Primaveras o Sonares. Es cierto que no saltaremos en sus conciertos, que no corearemos sus temas pero es innegable su capacidad, tanto de la música como del intérprete, de emocionarnos, de hacerlo desde la cercanía de unas zapatillas y no desde la solemnidad de un frac. Rhodes nos reconcilia con esa música que, como él mismo reconoce, siempre ha estado en manos de gilipollas y nos la acerca sin pretender que nos guste o apasione, tan solo que la vivamos y nos haga sentir algo. Que no es poco.

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