Una máquina perfecta de nombre Toundra

Sin lugar a ningún tipo de duda Toundra es una de esas rara-avis que pueblan el panorama musical estatal y no es que lo digamos nosotros sino que se trata de un hecho innegable hasta el punto que la propia banda reconocía en su entrevista en La Resistencia, programa de #0 y guía espiritual para modernos del país, que posiblemente fuesen los primeros invitados que acudían al programa para hablar de su afición y no de su trabajo.

Bajo la vitola del post-rock y tras cinco trabajos en el mercado han formado una identidad propia y única que los distingue con claridad dentro de un panorama independiente que por momentos parece anodino y falto de novedades. Una propuesta tan diferente que les ha obligado a recorrer la Península de costa a costa embarcándose quizás en una de la mayores giras que se recuerden hasta el momento de un grupo «underground» y en la que nosotros habíamos marcado en rojo el 15 de marzo pero que ha tenido que posponerse hasta el pasado sábado debido a una lesión que Alberto, bajista de la banda, se producía durante la parte europea de su gira. Esa rotura del escafoides de su mano izquierda obligaba a la banda a una pequeña parada y a nosotros a esperar casi dos meses más para disfrutar en vivo de los temas de los madrileños.

Pero no fuimos los únicos que tenían ganas de escuchar a la banda. A reseñar el gran ambiente que presentaba la sala, sabíamos que se habían reservado 20 entradas para taquilla pero, con total sinceridad, no esperaba un sold-out como el que se produjo. La Iguana Club se llenaba para disfrutar de Toundra, no para que grupos de amigos se cuenten su semana o sus próximas vacaciones, esta vez no, esta vez queríamos música en vena.

Así que cuando apenas pasaban unos minutos de la media noche el cuarteto madrileño tomaba posiciones en el escenario. Silencio. Algo va a ocurrir. Sonrisas nerviosas y un reto por delante. Sonaba ‘Cobra‘, comenzaba el show. Un concierto con un claro protagonista: «Vortex«, un último trabajo ratifica ese estado dulce en el que se encuentra la banda.

Una banda que sobre el escenario suena majestuosa y funciona como un engranaje bien ensamblado. Lejos de lo que suele suceder en este tipo de propuestas dentro de Toundra no existe una lucha de espacios, no nos encontramos a dos músicos rivalizando (entiéndase, para crear sonidos) por un espacio sino que sobre el escenario todo encaja armónicamente. Gran parte de esa armonía, en mitad de un teórico caos, se deba a las miradas, sonrisas y besos que comparten los músicos entre ellos durante el concierto. Un estado de felicidad que comparten con el público de la mano, y voz en grito, de Esteban J, Girón que se erige como nexo de unión entre público y banda actuando como maestro de ceremonias.

Me resulta difícil quedarme con un único momento del concierto de los madrileños pero si he de hacerlo posiblemente elegiría la llegada de ‘Kingston Falls‘, escuchar como La Iguana Club coreaba al unisono aquello de lo, lo, lolo, lo, lolooo para acompañar el inicio del tema y los ojos de Macon y Esteban recorriendo la sala con una mezcla de emoción y satisfacción. Es sorprendente como una música tan compleja y a la vez tan simple, liberada de artificios, puede llegar a tanta y tan diversa gente.

Los madrileños han sido capaces de lograr una cosa realmente compleja: eliminar referentes. Sí, todos podemos creer escuchar influencias de Tool (y no dudamos que las haya), todos podemos mencionar en algún momento a Jardín de la Croix, Pelican o Mogwai pero al final no nos quedará más remedio que reconocer que Toundra solo suena a si mismos, algo realmente difícil en los tiempos en los que vivimos.

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